En los 90, Juana Molina era actriz en programas humorísticos de la televisión argentina. Tuvo suficiente reconocimiento de crítica y público como para que llegara a tener su propio programa (Juana y sus hermanas), y justo en la cúspide del éxito, cuando ya era una celebridad, decidió terminar de un tajo con su carrera. Había tenido una hija y con ella una de esas revelaciones que te cambian la vida: Quería hacer música. Lo que siempre había querido hacer. Su música.
Reconozcámoslo. Cualquiera hubiéramos pensado que aprovecharía su fama para hacer un disco con composiciones por encargo, sonido mainstream, estrofas vacías y estribillos simplones. Nada más lejos, y aquí viene la noticia: Juana Molina se quitó las prendas y la piel para construir un universo radicalmente propio, honesto y de una belleza perturbadora.
Bucles. Así dice que eran sus primeras composiciones siendo niña. Y así es la base armónica de sus ya cinco discos de estudio: el ensimismamiento de un dedo dando vueltas a un tirabuzón. Redundancias cíclicas que destrozan el concepto tradicional de canción y que, a su vez, construyen una mirada renovada a la Canción de autor, ahora sí, del siglo XXI.
Las letras no se quedan atrás y aportan lo suyo a esa nube de mantras. No hay manera de escuchar un tema de Juana Molina y que no se te quede cara de bobo mirando a la nada, para que al final vuelvas a tu realidad con un suspiro. Exploradora, intérprete de sueños, cantautora, argentina y extraterrestre. Básicamente.
En directo, con su ingenio, el fabuloso Loop Station y una aparente y desconcertante tranquilidad, nos transmite además el placer de verla inmersa en plena construcción de sus fantasías, convirtiéndolas en nuestra realidad durante unos instantes. Sumérjanse, merece la pena.
Redacción: José A. Perera
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