En los 90, Juana Molina
era actriz en programas humorísticos de la televisión argentina. Tuvo
suficiente reconocimiento de crítica y público como para que llegara a
tener su propio programa (Juana y sus hermanas), y justo en la
cúspide del éxito, cuando ya era una celebridad, decidió terminar de un
tajo con su carrera. Había tenido una hija y con ella una de esas
revelaciones que te cambian la vida: Quería hacer música. Lo que siempre
había querido hacer. Su música.
Reconozcámoslo. Cualquiera hubiéramos pensado que aprovecharía su fama para hacer un disco con composiciones por encargo, sonido mainstream, estrofas vacías y estribillos simplones. Nada más lejos, y aquí viene la noticia: Juana Molina se quitó las prendas y la piel para construir un universo radicalmente propio, honesto y de una belleza perturbadora.
Bucles. Así dice que eran sus primeras composiciones siendo niña. Y así es la base armónica de sus ya cinco discos de estudio: el ensimismamiento de un dedo dando vueltas a un tirabuzón. Redundancias cíclicas que destrozan el concepto tradicional de canción y que, a su vez, construyen una mirada renovada a la Canción de autor, ahora sí, del siglo XXI.
Las letras no se quedan atrás y aportan lo suyo a esa nube de mantras. No hay manera de escuchar un tema de Juana Molina y que no se te quede cara de bobo mirando a la nada, para que al final vuelvas a tu realidad con un suspiro. Exploradora, intérprete de sueños, cantautora, argentina y extraterrestre. Básicamente.
En directo, con su ingenio, el fabuloso Loop Station y una aparente y desconcertante tranquilidad, nos transmite además el placer de verla inmersa en plena construcción de sus fantasías, convirtiéndolas en nuestra realidad durante unos instantes. Sumérjanse, merece la pena.
Soy un hereje, lo reconozco. Abandoné la religión del Hard Rock a mediados de los ’90 y grite a los cuatro vientos aquello de “El rock ha muerto”. Ya lo sé, perdí la potestad para hablar de rock & roll… pero entiéndanme, así somos los desertores, insolentes, precisamente lo que fue el Rock una vez y hace muchos años olvidó. Y la insolencia se transformó en una insultante complacencia: un patrón simple y pobre que se repite durante décadas al compás de unas manos en alto haciendo cuernos. Por eso una vez mi corazón fue rockero. Por eso dejó de serlo. Y por eso hoy os vengo a hablar de “Abstract Disorder” (The Fish Factory, 2013).
Homo-Demen es el alter ego de Diego Sánchez, un multinstrumentista, compositor y productor extremeño que ha inventado una receta para cocinar sus inquietudes. En este su segundo disco encontramos referencias muy dispares, algunas que reconozco muy bien, como Alice in Chains, Soundgarden o The Beatles, sazonado con tintes de rock progresivo y ecos de heavy ochentero, pero en otros momentos no atino a distinguir si hay influencias que ignoro o un lenguaje propio. Emocionalmente se desliza de la luz a la sombra como un péndulo: la armonía es un paisaje, y los cambios de tonalidad van dibujando amaneceres puros, ocasos melancólicos o noches lugubres (sin duda la parte más interesante).
En la producción destaca una sonido bastante pulcro donde cada instrumento está muy perfilado (muy recomendable escuchar con buenos cascos). Sobre un armazón clásico de batería, bajo y eléctricas, nos despista una presencia notable de acústicas, además de pianos, cuerdas, saxos diabólicos y traveseras guturales, todo guiado por una voz técnicamente muy modesta pero que sabe muy bien lo que quiere expresar.
A destacar “The Show of humans”, con la colaboración en la voz del mítico músico de rock progresivo holandés Arjen Lucassen, con un fantástico crescendo, templado y emotivo; “Uncontrolled information”, el corte más rabioso y con el texto más explícito (“…documents revealing state secrets”); “There is always a reason”, donde las estrofas juegan con el pop anglosajón y el estribillo con el americano; “Deja vu”, atractiva y evocadora composición de Mike Merino (a la que también presta su voz) a base de piano y Lennon; o esa radiografía de la locura que es “I’m waiting for the madness” y de la que ya podemos disfrutar su videoclip. Vamos, que el título del disco le viene como anillo al dedo.
Pero en “Abstract Disorder” también hay hueco para piezas de rock más clásico como “Mr first world”, donde Paco Benítez (Patente de Corso) y Robert Rodrigo (Aireless) se marcan un solo de la vieja escuela del Metal (excesivo para mi gusto), o la fantástica “Retrospective introspective”, estructura y melodía de temazo ochentero que roza la perfección de los hits más legendarios de Bon Jovi. Para acabar de despistar, el disco termina con una correcta versión de “Gods and monsters” de Lana del Rey a la que no aporta nada especial, pero que cierra con mucho sentido ese juego de luces y sombras que lo recorre (finalizando el péndulo en el lado oscuro, por supuesto).
Un disco de rock sin una línea explícita puede resultar un problema y plantea un interesante debate: ¿A quién va dirigido? ¿Estamos ante una obra pretenciosa o simplemente libre? Hay que apuntar que “Abstract disorder” no es un batiburrillo sin ton ni son: Toda ese remolino de ideas está perfectamente integrado dentro de una forma de sentir a través de una armonía con mucha personalidad, rica en registros y a la vez muy reconocible, a veces hermosa, otras enrarecida y, en su mayor parte al menos, peculiar. Siempre he pensado que los verdaderos artistas son aquellos en los que su defecto es su mayor virtud. Fin del debate.
Aparte de lo dicho, me gusta “Abstract Disorder” porque demuestra que se pueden crear atmósferas sin recurrir al pegajoso tedio del Post Rock. Me gusta porque consigue un tono intimista sin que el oyente tenga que rebuscar el sentido entre líneas. Y me gusta, sobre todo, porque me recuerda que la salud vital del Rock no depende del respeto a los cánones, sino de la imaginación del artesano.