jueves, 13 de diciembre de 2012

Enrique Morente, por José A. Perera


   No recuerdo la primera vez que escuché a Enrique porque su voz nació conmigo, pero sí recuerdo la primera vez que su voz me atravesó como un rayo. Cantaba unos versos de mi libro de poemas favorito, “Poeta en Nueva York”:
     No solloces. Silencio, que no nos sientan, que no nos sientan. Se cayeron las estatuas al abrirse la gran puerta.
     Yo tenía 18 años y ya no volví a ser igual, porque desde entonces fui más yo mismo. Fue como si hubiera olvidado mi nombre y de repente lo viese escrito en una pared. Primero aquella vieja cinta de casette del “Fuente y Caudal” de Paco de Lucía que me dio mi padre con 12 años, luego Camarón, los pelícanos de Teo Sánchez, y después aquel señor colosal y majestuoso gritando mi nombre con una credibilidad religiosa. Somos aquello que nos llega a la médula y ya no vuelve a irse de allí.

     Cuando me puse a investigar las grabaciones que ya existían de Enrique Morente sentí que me había tocado la lotería. Casi veinte discos anteriores a Omega (1996): El redondo Despegando (1977), el flamenco perfecto de Homenaje a D. Antonio Chacón (1977), la sencillez y efectividad de Sacromonte (1982), el misticismo arabesco de Cruz y luna (1983), la solemnidad espiritual de Misa Flamenca (1991), la alegría nutritiva de Negra, si tú supieras (1992)… pero también tenía ante mí un Enrique en la cima de su voz y creatividad para darnos aún lo mejor de su carrera: tras Omega, su obra magna, vinieron Lorca (1999), su producción más exquisita, El pequeño reloj (2003), mi favorito (cantado sobre las guitarras de Ramón Montoya, muerto hace más de medio siglo) o la locura caótica de Pablo de Málaga (2008).

     Mi espíritu se ha modelado en los últimos quince años con Morente de la mano. De la mano de Morente viví en Granada para beber de la cuna de su misterio. De su mano aprendí que había que empaparse de los clásicos para tener una base sólida, y que luego había que romperla para reinventarse desde los pedazos. De su mano entendí que ser valiente era la única salida, pero que ser valiente no era hacer locuras estrafalarias, sino tener valor para ser tú mismo (“La rebeldía es simplemente la libertad de ser honesto”).

     En el mundo del pop se le conoce se le conoce y se le admira por su faceta vanguardista, pero no tienen mucha idea de que Morente ha sido el mayor conocedor que ha habido nunca del cante tradicional: ha interpretado magistralmente y además con una voz propia todos los palos del flamenco, y durante suficientes años como para que se le considere desde hace mucho tiempo uno de los grandes cantaores de la Historia. Un día que daba un recital de cante jondo en el Teatro Albéniz de Madrid, tras la ovación del final salió a hacer el bis seguido de unos tipos con guitarras eléctricas y pinta de rockeros de una nueva era. El Teatro Albéniz recibió la sacudida inesperada de la apabullante energía de Lagartija Nick agujereada por la voz afilada de Enrique. Imaginaos como se le quedó el cuerpo a ese público. Esa fue su manera de presentar el proyecto de Omega cuando nadie sabía nada. Señores modernos, no es el hecho de hacer mezclas raras con músicas dispares lo que te hace valiente. Sí lo es el hecho de jugarte en el bis de un concierto una reputación que nadie en la Historia del flamenco ha conseguido, porque es lo que eres en ese momento como artista.

Enrique, Estrella & Lagartija Nick en el Teatro Romano de Mérida. Agosto 2008.
    
     Tantas y tantas historias como esta hacen que uno no tenga más remedio que quererlo con locura. Me he colado en la mítica peña flamenca del Albaicín La Platería agachado entre las mesas para escuchar a Enrique dejarse el alma en un pequeño escenario y dejarnos a unos pocos privilegiados el corazón temblando. Cantar un martinete con el único acompañamiento de voces imitando yunques en el Teatro Romano de Mérida, para después ver levantarse e irse a mucha gente del público cuando entre las columnas romanas comenzaba a salir humo rojo del infierno y levantar la mano al cielo para entonar el “Poemas para los muertos” sobre la ametralladora de la batería de los Nick…tantos momentos irrepetibles. Y por encima de todo, ese aura de humildad que le hacía pasearse por su propio reinado como uno más, como si con él no fuera la cosa… un ser humano adorable con un sentido del humor tal que dejaba en ridículo sin querer a los críticos y entendidos que le llamaban “genio”, “maestro” o “revolucionario”: Señores eruditos, Enrique Morente no fue tan vulgar.

      Hoy hace dos años que se fue, y me ha vuelto ese extraño dolor… esa tristeza reconfortante, esa especie de alegría invertida… porque le echo de menos, sí, pero a la vez me siento un privilegiado por haber derramado lágrimas de alegría con su canto sincero en vida. Y porque sé que ese canto no es de lo que tienen fecha de caducidad. Hoy vuelvo a estar triste, pero también vengo dispuesto a brindar: Porque no cese ese pellizco al corazón que no me suelta… Que te sientan, Enrique. Que te sientan. Que se levanten las estatuas al cerrarse tu gran puerta (brindis).   

Redacción: José A. Perera